Cuando los maravillosos y tranquilos años del colegio comienzan a acercarse a su final, llega el momento de ponerse a pensar qué haremos de nuestras vidas de ahora en adelante, qué vamos a estudiar, dónde y cómo nos vamos a preparar, etc. Son montones de preguntas que, para mi gusto, llegan un tiempo no muy bueno de nuestra vida. Es así que nos vemos obligados a escoger una universidad y una carrera.

examen

Pero este gran paso tiene un pequeño obstáculo: el examen de admisión. Para muchos de nosotros esta prueba representa un gran reto y un muy grande esfuerzo. Dependiendo la universidad elegida, comenzamos a prepararnos ya sea en una academia, pre, solos o, tal vez, con un grupo de estudio conformado por amigos nuestros que postulan a la misma universidad.

Para algunos amigos el examen de admisión representó todo un “trauma”, por así decirlo, demasiados nervios y muchas amanecidas. Sin embargo, no todos lo logran en primer intento. Recuerdo que un amigo que ha postulado ya dos veces a una universidad me dijo “si en esta tercera vez no entro, te juro que no estudiare, no quiero pasar el mismo trauma otra vez”.

En lo personal, el examen no resultó ser algo tan traumático, pues tuve la suerte de dar un examen un poco diferente al común y corriente, pero igual me dio un ataque de nervios el día anterior que no me deja dormir y que hasta me hizo llorar.

A pesar de esto creo que el problema o la situación que no deja que los postulantes ingresen es una cuestión de presión y de nervios. De presión porque nuestros padres tienen demasiadas expectativas sobre ese día y sobre lo que pasará si es que ingresamos. Y nervios no solo de ir a sentarse a dar el examen, sino por lo que ese examen significa para nuestro futuro: una carrera, un trabajo y una vida como adultos.

Imagen: Ifemac.com

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