De una manera u otra, siempre nos dejamos llevar por las apariencias. Y realmente no es tan malo como lo pintan. Hasta diría que es necesario para tener una primera idea de las personas que aún no conocemos, pues si les diéramos a todos nuestra confianza desde el comienzo, no les daríamos la oportunidad de ganársela y demostrarnos sus verdaderos sentimientos.
Los prejuicios son una especie de etiquetas que ponemos a las personas o cosas a fin de empezar a establecer una relación con ellas, que puede ser cercana o más distante según la impresión inicial que nos inspiren.
Con el tiempo, esos “tags” mentales son susceptibles de modificarse según vamos descubriendo nuevos aspectos que transformen o hagan más fuerte nuestro rechazo al susodicho(a).
Pienso que ser prejuicioso no constituye un defecto en la medida en que nos sirve como mecanismo de defensa ante lo(s) desconocido(s), pues por pecar de ingenuos podemos salir lastimados.
Sin embargo, cuando los prejuicios se transforman en actitudes discriminatorias -como el racismo y machismo, entre otras- que definen nuestra forma de ser y que no estamos dispuestos a cambiar, ahí sí que podemos ofender a los demás y cometer injusticias que nos pueden pesar en un futuro, aunque al hacerlas no nos demos cuenta.
El problema de mantener prejuicios equivocados -porque también ocurre que acertamos desde la primera impresión- es que influimos en otras personas a que también los tengan y somos cómplices de la violencia y enemistades (aunque suena trágico, es la verdad).
Si vas por la calle y le lanzas una mirada de desprecio a alguien por su forma de vestir o hablar, es probable que los prejuicios puedan más contigo. Pero como no se trata de una enfermedad mortal, está a tiempo de cambiar de actitud.
Ya que todo es cuestión de hábitos y mente, debes trabajar todos los días para que en cuanto aparezca la primera mueca pienses en las cosas buenas que puede tener esa persona y en que valdría la pena tomarse el tiempo de juzgarla después de conocerla. No por algo dicen que las apariencias engañan.
Imagen: Eureka
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